
Unos gilipollas hacen el imbécil. Ése es el
ingenioso argumento de este subproducto, que traspasa su exitosa
estupidez de la pequeña a la gran pantalla. Humillaciones voluntarias
para risa y asombro de colegas y espectadores. La curioso es que, a
pesar de su insistente flirteo con el peligro, ninguno se parte la
crisma. Entonces sí hubiera sido una película algo interesante sobre el
verdadero precio de la fama; imagínense: el chico cadáver, y los
amiguitos llorando en el tanatorio, muy tristes, sollozando: "Pobre, no
debería haberse arriesgado tanto... sniff". Todo rodado cámara al
hombro, con primeros planos y lágrimas de verdad, muy en plan docudrama.
Pero no sucede. Todos hacen el bobo y la presunta comedia se acaba.
Así, lleno de decepción, sólo queda una pregunta... ¿Qué diablos le pasa
a la MTV?¿Es esto lo mejor que puede ofrecer como entretenimiento a la
juventud del siglo XXI?
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